
Siempre me ha gustado escribir. Mis comienzos en publicidad fueron como redactor, y recuerdo cuanto me apasionaba buscar ese titular ideal o ese "copy" inteligente que dejara una sonrisa en el lector.
Aún antes de los blogs, redactaba notas y las enviaba por correo a mis amigos; tengo algunas de ellas en InkBytes, archivadas bajo el tag "Crestomatía". En ese tiempo, libre de la maldición de las visitas, los lectores y el "bouncing rate", lo único que me importaba era compartir mis letras con el que lo quisiera.
Escribir tiene un efecto tranquilizador, y encontré algo interesante al respecto investigando sobre el origen de la palabra "poesía": Heredada del griego a través del latín "poesis", se refiere a hacer, crear, "a convertir pensamientos en materia". Cada vez que escribimos, estamos haciendo algún tipo de "poesis".
No es de casualidad que la Biblia diga "en el principio era el verbo" para señalar la preexistencia de un salvador, y si no eres creacionista considera este pensamiento de Kevin Kelly sobre como la evolución ha tenido millones de años para "construir lentamente una acumulación de información ordenada".
Tomando prestada la definición de poesía, escribir es materializar los pensamientos. Se vuelven trascendentales todas aquellas letras que construyen, interpretan, describen o crean sobre la realidad; aunque no lo hagamos vía texto... escribimos cada vez que vivimos.
Pero hay un peligro, escribir "ilusión" y no "poesía". Si la poesía es realidad, debemos construir nuestras vidas basados en hacer y no en soñar. Escribir (la poesía) es trabajo arduo, es de todos los días, es real, palabable, dulce y amargo. La ilusión es efímera.
No me malinterpreten, la ilusión es buena, pero es un combustible sumamente perecedero. La ilusión debe volverse poesía, y eso no se construye sólo con buenos deseos y sueños, sino con trabajo. El verbo tuvo que morir. La información tuvo que mutar. La palabra tiene que hacerse real.
Por eso amo las palabras.